Dime qué comes y te diré quién eres
Imagina que acabas de nacer en una gran urbe meticulosamente organizada y poblada con alrededor de medio millón de individuos. Aún no lo sabes, pero tu futuro no promete nada bueno. En tus primeros seis días de vida, serás cuidada junto con cientos –quizás miles– de tus hermanas por nodrizas cuyo único deber será velar por ti y alimentarte. Pasado ese tiempo deberás integrarte de manera inmediata a las funciones de tu gigantesco hogar, cumpliendo para ello largas horas de trabajo forzado: ayudarás a construirlo y repararlo, cuidarás de nuevas recién nacidas, y quizás lo defenderás hasta la muerte. Si te mantienes con vida después de tres semanas, pasarás el resto de tu corta vida buscando pequeños trozos de alimento de fuentes escasas, no tanto para ti misma sino para la despensa comunal. Con un poco de suerte sobrevivirás a los peligros que acechan fuera de tu ciudad pero morirás, de manera inevitable, a los tres meses de haber nacido. Nunca amarás ni serás amada, y toda tu vida la habrás dedicado al bienestar de la colonia. 
Tu hermana, por el otro lado, tendrá un destino muy distinto al tuyo. Después de despertar de un cómodo sueño, tendrá que luchar por su lugar en la colonia y asesinará a cualquier rival que se interponga en su camino. Si subsiste, se le atenderá con tratos dignos de una reina, con súbditos que la limpien, le alimenten y le cumplan cualquier necesidad. Asistirá a numerosas orgías en las que fornicará con al menos veinte machos que estarán dispuestos a morir –literalmente– por el privilegio. Con ello se convertirá en la orgullosa madre de varias generaciones de crías hasta que, tras una larga y productiva vida, descanse y ceda el trono a alguna de sus hijas. Eso sí, morirá sin haber probado nunca una sola flor.
Si crees que esto es injusto, estás en lo cierto, pero no eres más que una abeja obrera mientras que tu hermana es la reina de la colmena. Como consuelo, debes saber que tú misma no estuviste muy lejos de haberte convertido en soberana del enjambre. Para tu mala fortuna, las nodrizas que cuidaron de ti cesaron de alimentarte con jalea real al tercer día de tu nacimiento. Tu hermana, por el otro lado, nadó en ella durante todo su desarrollo.
Te preguntarás cuál es la causa de tu desgracia. Bien, pues no son tus genes. Ya bastante se sabe sobre el asombroso parecido entre tu genoma y el de las demás integrantes del panal. Más bien se trata sobre la manera en que los genes de tu hermana son regulados. 
Puede ser que no lo sepas, pero desde hace unos tres años se han publicado numerosas investigaciones que demuestran cómo es que el consumo prolongado de jalea real puede transformar a una simple abeja obrera como tú en una líder de la corte real ¿Cuál es el secreto, preguntas? Sería complicado de explicar. Lo que debes saber es que en la jalea real se encuentran componentes que son capaces de colocar marcas en muchos de los genes necesarios para adquirir características propias de la realeza. Estas marcas permitieron que, en la etapa larval, algunos genes de tu hermana produjeran un gran abanico de proteínas, mientras que los tuyos solo sintetizan unas cuantas. Otros componentes de la jalea fueron decisivos para prender genes de tu hermana que en tu genoma están apagados.
No puedo convencerte de que no te sientas mal por todo lo que te he contado. Quizá si hubieras nacido en un laboratorio, tu vida podría ser distinta. He oído de casos en que unos científicos han logrado convertir a obreras como tú en gigantescas reinas con tan solo simular los efectos de la jalea real… Por el momento, te deseo toda la suerte del mundo. ¡Aprovecha cada día de tu vida como si fuera el último!
(Las fotos de la imagen son distintas etapas del desarrollo larval de tu hermana. ¡Y pensar que algo tan chiquito se iba a convertir en una emperatriz tan majestuosa!)

Articulos para saber más: 
Este habla sobre las diferencias en la regulación genética de genes en el cerebro de abejas reinas y obreras debidas a metilación del DNA.
Este otro presenta el descubrimiento de un compuesto epigenético en la jalea real cuya función es activar genes apagados.

Dime qué comes y te diré quién eres

Imagina que acabas de nacer en una gran urbe meticulosamente organizada y poblada con alrededor de medio millón de individuos. Aún no lo sabes, pero tu futuro no promete nada bueno. En tus primeros seis días de vida, serás cuidada junto con cientos –quizás miles– de tus hermanas por nodrizas cuyo único deber será velar por ti y alimentarte. Pasado ese tiempo deberás integrarte de manera inmediata a las funciones de tu gigantesco hogar, cumpliendo para ello largas horas de trabajo forzado: ayudarás a construirlo y repararlo, cuidarás de nuevas recién nacidas, y quizás lo defenderás hasta la muerte. Si te mantienes con vida después de tres semanas, pasarás el resto de tu corta vida buscando pequeños trozos de alimento de fuentes escasas, no tanto para ti misma sino para la despensa comunal. Con un poco de suerte sobrevivirás a los peligros que acechan fuera de tu ciudad pero morirás, de manera inevitable, a los tres meses de haber nacido. Nunca amarás ni serás amada, y toda tu vida la habrás dedicado al bienestar de la colonia. 

Tu hermana, por el otro lado, tendrá un destino muy distinto al tuyo. Después de despertar de un cómodo sueño, tendrá que luchar por su lugar en la colonia y asesinará a cualquier rival que se interponga en su camino. Si subsiste, se le atenderá con tratos dignos de una reina, con súbditos que la limpien, le alimenten y le cumplan cualquier necesidad. Asistirá a numerosas orgías en las que fornicará con al menos veinte machos que estarán dispuestos a morir –literalmente– por el privilegio. Con ello se convertirá en la orgullosa madre de varias generaciones de crías hasta que, tras una larga y productiva vida, descanse y ceda el trono a alguna de sus hijas. Eso sí, morirá sin haber probado nunca una sola flor.

Si crees que esto es injusto, estás en lo cierto, pero no eres más que una abeja obrera mientras que tu hermana es la reina de la colmena. Como consuelo, debes saber que tú misma no estuviste muy lejos de haberte convertido en soberana del enjambre. Para tu mala fortuna, las nodrizas que cuidaron de ti cesaron de alimentarte con jalea real al tercer día de tu nacimiento. Tu hermana, por el otro lado, nadó en ella durante todo su desarrollo.

Te preguntarás cuál es la causa de tu desgracia. Bien, pues no son tus genes. Ya bastante se sabe sobre el asombroso parecido entre tu genoma y el de las demás integrantes del panal. Más bien se trata sobre la manera en que los genes de tu hermana son regulados. 

Puede ser que no lo sepas, pero desde hace unos tres años se han publicado numerosas investigaciones que demuestran cómo es que el consumo prolongado de jalea real puede transformar a una simple abeja obrera como tú en una líder de la corte real ¿Cuál es el secreto, preguntas? Sería complicado de explicar. Lo que debes saber es que en la jalea real se encuentran componentes que son capaces de colocar marcas en muchos de los genes necesarios para adquirir características propias de la realeza. Estas marcas permitieron que, en la etapa larval, algunos genes de tu hermana produjeran un gran abanico de proteínas, mientras que los tuyos solo sintetizan unas cuantas. Otros componentes de la jalea fueron decisivos para prender genes de tu hermana que en tu genoma están apagados.

No puedo convencerte de que no te sientas mal por todo lo que te he contado. Quizá si hubieras nacido en un laboratorio, tu vida podría ser distinta. He oído de casos en que unos científicos han logrado convertir a obreras como tú en gigantescas reinas con tan solo simular los efectos de la jalea real… Por el momento, te deseo toda la suerte del mundo. ¡Aprovecha cada día de tu vida como si fuera el último!

(Las fotos de la imagen son distintas etapas del desarrollo larval de tu hermana. ¡Y pensar que algo tan chiquito se iba a convertir en una emperatriz tan majestuosa!)

Articulos para saber más: 

Este habla sobre las diferencias en la regulación genética de genes en el cerebro de abejas reinas y obreras debidas a metilación del DNA.

Este otro presenta el descubrimiento de un compuesto epigenético en la jalea real cuya función es activar genes apagados.